1. Prólogo de las Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte.
(...)
Yo te llamara
pío,
benévolo, discreto y prudente lector, pero es enseñarte a malas
adulaciones; y eres tan simple, que lo habías de creer, como que el
miedo y la cortesía eran los que me obligaban a tratarte de este modo.
¿Qué cosa más fácil que presentarte el nombre de discreto, porque tú me
volvieras el de erudito? Que es lo que sucede entre los que leen y escriben,
afeitándose
unos a otros. Pero es locura, porque yo nunca voy tras tus alabanzas,
sino tras tu dinero. Suéltalo, y más que me quemes en estatua dando al
fuego mi papel. Conténtate con lo lector en pelo, que lo discreto no lo
has de ver en mi pluma, ni en mi lengua; porque yo no estoy
acostumbrado a mentir, y hasta que muera te he de aporrear con mis
verdades. (...)
Si te determinas a leer, te advierto que sea con alguna reflexión. Mira
no te quedes embobado como un salvaje en las pinturas de los
mascarones
que pongo en la primera entrada de las visitas; cuélate adentro, y
encontrarás doctrina saludable para conocer y huir los vicios de esta
edad. Si así lo haces, te dará buen provecho la lectura. Dios permita
que así suceda; pero lo temo mucho, porque te he visto leer
regularmente con mala intención, y sólo andas a caza de moscas y te
metes en censurar el estilo y las voces sin haber saludado la gramática
castellana. Si quieres morder lo escrito, aprehende a hablar primero, y
luego a escribir; y entonces serán racionales tus reparos. Pero si no
sabes hablar con otro artificio que el que te enseñó tu madre o el ama
que te dio la teta, no entres el
hocico en mis sueños; porque puede ser que salgas
escaldado.
Dios te dé vida para que me pagues mis salvajadas, y mormura lo que tú
quisieres, que yo quedo burlándome de verte metido a corrector de
autores y libros y dando voto decisivo en lo que no entiendes ni puedes
ejecutar. Consuélate con que yo estoy certísimamente creyendo que lo
que tú censures, y lo que yo he escrito, todo es un envoltorio de
majaderías. Y si llego a sospechar que hay algo bueno, más me inclinaré
a que es lo que yo propongo, que lo que tú arguyes; porque esto está
dictado con reflexión y con sano juicio, y lo que tú sueles decir es
arrojado del delirio, de la envidia y de tu mala costumbre.
Vale,
seor leyente, hasta otro prólogo, que quizá será peor que el que se acaba aquí.
2. Visión y visita cuarta: Las librerías y libros nuevos.
En esta conversación íbamos, dirigiéndonos camino del Consejo, cuando
al pasar por junto a la puerta de una librería, tirándole la capa a don
Francisco, le dije:
-No hay que dar por ahora un paso adelante. Paremos un poco, que aquí
está una tienda de libros donde en breve rato verás la incultura y
negligencia de las almas de esta infeliz edad.
-Parémonos en buena hora -me respondió, y pusímonos junto al umbral.
(...)
A esta sazón prosiguió el mercader su tempestad, diciendo:
-Mal haya el siglo en que es política la necedad y condición de bien
criado la ignorancia. Mal haya quien me aconsejó que buscase la vida en
la farándula de los libros después que los hombres se descartaron de
racionales. En otro tiempo era la lección el pan de cada día: empezaba
el cariño a las letras desde los príncipes; su ejemplar seguían los
demás caballeros; los pobres y plebeyos, prometiéndose abrigo en la
estimación de los nobles y adinerados, destinaban largos desvelos al
estudio de las artes y ciencias. Cayeron del seno de la afición de los
príncipes, olvidáronse las fatigas, dominó la ociosidad, subió a los
tronos la rudeza, acabóse en todo la solicitud de adornar al
entendimiento de noticias, y se empezó a hacer gala de lo necio.
-¿Es posible que han llegado los libros -dijo el sabio muerto- a
juzgarse por ladrones del tiempo, enemigos del deleite y cuñados del
gusto, los que antes eran familiares de la vida, consejeros del juicio,
piedras de
amolar el discurso, jardines del ingenio y eficaz arbitrio para desenojar un pobre su fortuna?
-Más vale -le respondí- en el
arancel de un príncipe un papagayo que un filósofo, una mona que un matemático, un mico que un letrado, un mulo que un poeta.
-Estas tiendas hervían antes en todo género de personas, vendíanse los
libros, continuábase el comercio. Hoy se nos sale la vida por los
agujeros de la hambre. Mal haya la edad tan bruta, siglo irracional. Yo
tengo de
aburrir lo librero, y he de meterme a oficial de
albardas ; que ya el mundo es muy frecuente de
pollinos.
A estas voces llegaban las quejas del mercader, al tiempo que don Francisco me preguntó:
-¿Es verdad lo que este hombre está gritando? Porque es cierto que si
lo es, es infamia de la nación y aun de la naturaleza. En mi siglo
empezó a declinar algo el estudio de las letras; pero no faltaba algún
favor en los señores, y lograban estimación los estudiosos.
-¡Cómo si es verdad! -le respondí-. No pone nada de su
caletre
en lo que le escuchas. Hoy es moda el ignorar, es uso la barbaria, y
las señas de caballero son escribir mal y discurrir peor. Más vale un
tonto
rebutido en adulador, un salvaje forrado en charlatán, un camello injerto en presuntuoso, que veinte
resmas
de Moretos y Villayzanes. El latín será dentro de pocos años más raro
que el griego; y se tendrá por forzoso que venga otro Antonio de
Nebrija, que fue el Pelayo de la latinidad. Eso de retórico no se usa,
porque dicen que nada tiene fuerza de persuadir sino el dinero. De la
divina poesía se perdieron los moldes. De la ciencia natural más saben
las cocineras, los pastores y los hortelanos que los filósofos. Al fin,
los estantes de los libros son banquetes de polilla y
refectorios
de ratones; tiempo llegará en que los echen al desván de las
antiguallas a ser compañeros de los bigotes, de las calzas y los
guardainfantes.
-Según lo que dices -preguntó Quevedo-, ¿no hay ya quién escriba?
-Ya quisiéramos -le respondí- que se leyese lo que está escrito. Los
Hipócrates, los Galenos, los Avicenas, los Aristóteles, los Euclides y
otros muchos se venden por arrobas a los mantequeros. Esta fortuna
corren los príncipes, que a los demás les suele suceder lo proprio. En
lo que toca a escribir en nuestra edad, es más fácil que ser médico.
Buscando un título mozo, con poca alteración de palabras y menos de
discursos, se puede meter un mascafrenos a padre de un libro anciano y
zurcirle la paternidad a su nombre, aunque tenga el alma en cerro y por
desvirgar la inteligencia.
Iba a repreguntarme Quevedo; pero a
entrambos hizo volver el rostro el
tropel de un hombre que se llegó a los umbrales de la tienda (...). Entró, pues, en la tienda; y yo le dije a mi buen muerto:
-Ten cuenta, sabio mío, con este mamarracho; oirás lo que viene pidiendo.
Saludónos, no en español, ni en francés, sino en bruto; y habiendo
hecho lo proprio con el mercader de los libros, le pidió si tenía un
arte de cocina. Respondió que sí; ajustóle brevemente, soltó el
camueso la moneda, y marchó cargado de su humanidad.
-¡Oh siglo infeliz! -dijo Quevedo-. Miren qué libros de filosofía moral
buscan los hombres para enriquecer el juicio, para estudiar el
desengaño, para dirigir las acciones, para enfrenar las osadías de la
irascible y para las destemplanzas de la concupiscencia, si no es un
arte de embravecer el apetito con lo exquisito de los manjares,
solicitándole espuelas a la gula.
-Ese libro -añadí yo- y otras recetas de
ahitarse,
que andan manuscritas, tienen más estimación que todos los aforismos de
Diógenes y los apotegmas de Plutarco. A los que tienen por oficio
rascar la sarna de los paladares a los catedráticos de sabores, parece
que se les
cometió despoblar el mundo. Éstos son los
alcahuetes de las
apoplejías y los granaderos de la muerte; más hombres ha muerto el fuego de las cocinas que el de las campañas.
-Guía a otra parte -me dijo don Francisco-, que de esto ya estoy bien informado.