El estudiante de Salamanca,
de José de Espronceda
Parte primera
(...)
Segundo don Juan Tenorio, 100
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor:
Siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía, 105
nada teme y toda fía
de su espada y su valor.
Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y, hoy despreciándola, deja 110
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió. 115
Ni vio el fantasma entre sueños
del que mató en desafío,
ni turbó jamás su brío
recelosa previsión.
Siempre en lances y en amores, 120
siempre en báquicas orgías,
mezcla en palabras impías
un chiste y una maldición.
En Salamanca famoso
por su vida y buen talante, 125
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza, 130
su hermosura varonil.
Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar: 135
Que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.
Bella y más segura que el azul del cielo 140
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos, 145
ángel puro de amor que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.
Elvira, amor del estudiante un día,
tierna y feliz y de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría, 150
como el rayo del sol rosa temprana;
del fingido amador que la mentía,
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno. 155
Que no descansa de su madre en brazos
más descuidado el candoroso infante,
que ella en los falsos lisonjeros lazos
que teje astuto el seductor amante:
Dulces caricias, lánguidos abrazos, 160
placeres ¡ay! que duran un instante,
que habrán de ser eternos imagina
la triste Elvira en su ilusión divina.
Que el alma virgen que halagó un encanto
con nacarado sueño en su pureza, 165
todo lo juzga verdadero y santo,
presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
del sol radiante a la inmortal riqueza,
al aire, al campo, a las fragantes flores, 170
ella añade esplendor, vida y colores.
Cifró en don Félix
la infeliz doncella
toda su dicha, de su amor perdida;
fueron sus ojos a los ojos de ella
astros de gloria, manantial de vida. 175
Cuando sus labios con sus labios sella
cuando su voz escucha embebida,
embriagada del dios que la enamora,
dulce le mira, extática le adora.
Parte segunda
Está la noche serena
de luceros coronada,
terso el azul de los cielos
como transparente gasa.
(...)
Deslízase el arroyuelo,
fúlgida cinta de plata
al resplandor de la luna, 15
entre franjas de esmeraldas.
(...)
¡Una mujer! ¿Es acaso
blanca silfa solitaria,
que entre el rayo de la luna 35
tal vez misteriosa vaga?
Blanco es su vestido, ondea
suelto el cabello a la espalda.
Hoja tras hoja las flores
que lleva en su mano, arranca. 40
Es su paso incierto y tardo,
inquietas son sus miradas,
mágico ensueño parece
que halaga engañoso el alma.
Ora, vedla, mira al cielo, 45
ora suspira, y se para:
Una lágrima sus ojos
brotan acaso y abrasa
su mejilla; es una ola
del mar que en fiera borrasca 50
el viento de las pasiones
ha alborotado en su alma.
Tal vez se sienta, tal vez
azorada se levanta;
el jardín recorre ansiosa, 55
tal vez a escuchar se para.
Es el susurro del viento
es el murmullo del agua,
no es su voz, no es el sonido
melancólico del arpa. 60
Son ilusiones que fueron:
Recuerdos ¡ay! que te engañan,
sombras del bien que pasó...
Ya te olvidó el que tú amas.
Esa noche y esa luna 65
las mismas son que miraran
indiferentes tu dicha,
cual ora ven tu desgracia.
¡Ah! llora sí, ¡pobre Elvira!
¡Triste amante abandonada! 70
Esas hojas de esas flores
que distraída tú arrancas,
¿sabes adónde, infeliz,
el viento las arrebata?
Donde fueron tus amores, 75
tu ilusión y tu esperanza;
deshojadas y marchitas,
¡pobres flores de tu alma!
(...)
Vedla, allí va que sueña en su locura,
presente el bien que para siempre huyó. 125
Dulces palabras con amor murmura:
Piensa que escucha al pérfido que amó.
Vedla, postrada su piedad implora
cual si presente la mirara allí:
Vedla, que sola se contempla y llora, 130
miradla delirante sonreír.
Y su frente en revuelto remolino
ha enturbiado su loco pensamiento,
como nublo que en negro torbellino
encubre el cielo y amontona el viento. 135
Y vedla cuidadosa escoger flores,
y las lleva mezcladas en la falda,
y, corona nupcial de sus amores,
se entretiene en tejer una guirnalda.
Y en medio de su dulce desvarío 140
triste recuerdo el alma le importuna
y al margen va del argentado río,
y allí las flores echa de una en una;
y las sigue su vista en la corriente,
una tras otras rápidas pasar, 145
y confusos sus ojos y su mente
se siente con sus lágrimas ahogar:
Y de amor canta, y en su tierna queja
entona melancólica canción,
canción que el alma desgarrada deja, 150
lamento ¡ay! que llaga el corazón.
¿Qué me valen tu calma y tu terneza,
tranquila noche, solitaria luna,
si no calmáis del hado la crudeza,
ni me dais esperanza de fortuna? 155
¿Qué me valen la gracia y la belleza,
y amar como jamás amó ninguna,
si la pasión que el alma me devora,
la desconoce aquel que me enamora?
Lágrimas interrumpen su lamento, 160
inclinan sobre el pecho su semblante,
y de ella en derredor susurra el viento
sus últimas palabras, sollozante.
Murió de amor la desdichada Elvira,
cándida rosa que agostó el dolor,
süave aroma que el viajero aspira 170
y en sus alas el aura arrebató.
(...)
Mas despertó también de su locura
al término postrero de su vida, 185
y al abrirse a sus pies la sepultura,
volvió a su mente la razón perdida.
¡La razón fría!
¡La verdad amarga!
¡El bien pasado y el dolor presente!...
¡Ella feliz! ¡que de tan dura carga 190
sintió el peso al morir únicamente!
Y conociendo ya su fin cercano,
su mejilla una lágrima abrasó;
y así al infiel con temblorosa mano,
moribunda su víctima escribió: 195
«Voy a morir: perdona si mi acento
vuela importuno a molestar tu oído:
Él es, don Félix, el postrer lamento
de la mujer que tanto te ha querido.
La mano helada de la muerte siento... 200
Adiós: ni amor ni compasión te pido...
Oye y perdona si al dejar el mundo,
arranca un ¡ay! su angustia al moribundo.
»¡Ah! para siempre
adiós. Por ti mi vida
dichosa un tiempo resbalar sentí, 205
y la palabra de tu boca oída,
éxtasis celestial fue para mí.
Mi mente aún goza la ilusión querida
que para siempre ¡mísera! perdí...
¡Ya todo huyó, desapareció contigo! 210
¡Dulces horas de amor, yo las bendigo!
»Yo las bendigo, sí, felices horas,
presentes siempre en la memoria mía,
imágenes de amor encantadoras,
que aún vienen a halagarme en mi agonía. 215
Mas ¡ay! volad, huid, engañadoras
sombras, por siempre; mi postrero día
ha llegado: perdón, perdón, ¡Dios mío!,
si aún gozo en recordar mi desvarío.
»Y tú, don Félix,
si te causa enojos 220
que te recuerde yo mi desventura;
piensa están hartos de llorar mis ojos
lágrimas silenciosas de amargura,
y hoy, al tragar la tumba mis despojos,
concede este consuelo a mi tristura; 225
estos renglones compasivo mira;
y olvida luego para siempre a Elvira.
»Y jamás turbe mi infeliz memoria
con amargos recuerdos tus placeres;
goces te dé el vivir, triunfos la gloria, 230
dichas el mundo, amor otras mujeres:
Y si tal vez mi lamentable historia
a tu memoria con dolor trajeres,
llórame, sí; pero palpite exento
tu pecho de roedor remordimiento. 235
»Adiós por siempre,
adiós: un breve instante
siento de vida, y en mi pecho el fuego
aún arde de mi amor; mi vista errante
vaga desvanecida... ¡calma luego,
oh muerte, mi inquietud!... ¡Sola... expirante!... 240
Ámame: no, perdona: ¡inútil ruego!
¡Adiós! ¡adiós! ¡tu
corazón perdí!
-¡Todo acabó en el mundo para mí!»
Así escribió su triste despedida
momentos antes de morir, y al pecho 245
se estrechó de su madre dolorida,
que en tanto inunda en lágrimas su lecho.
(...)
Parte tercera
En derredor de una mesa
hasta seis hombres están,
fija la vista en los naipes,
mientras juegan al parar;
y en sus semblantes se pintan 5
el despecho y el afán:
Por perder desesperados,
avarientos por ganar.
Reina profundo silencio,
sin que lo rompa jamás 10
otro ruido que el del oro,
o una voz para jurar.
Pálida lámpara alumbra
con trémula claridad,
negras de humo las paredes 15
de aquella estancia infernal.
Y el misterioso bramido
se escucha del huracán,
que azota los vidrios frágiles
con sus alas al pasar. 20
(...)
Pálido el rostro, cejijunto el ceño, 125
y torva la mirada, aunque afligida,
y en ella un firme y decidido empeño
de dar la muerte o de perder la vida,
un hombre entró embozado hasta los ojos,
sobre las juntas cejas el sombrero: 130
Víbrale el rostro al corazón enojos,
el paso firme, el ánimo altanero.
Encubierta fatídica figura.-
sed de sangre su espíritu secó,
emponzoñó su alma la amargura, 135
la venganza irritó su corazón.
Junto a don Félix llega- y desatento
no habla a ninguno, ni aun la frente inclina;
y en pie delante de él y el ojo atento,
con iracundo rostro le examina. 140
Miró también don Félix al sombrío
huésped que en él los ojos enclavó,
y con sarcasmo desdeñoso y frío
fijos en él los suyos, sonrió.
DON FÉLIX
Buen hombre, ¿de qué tapiz 145
se ha escapado, -el que se tapa-
que entre el sombrero y la capa
se os ve apenas la nariz?
DON DIEGO
Bien, don Félix, cuadra en vos
esa insolencia importuna. 150
(...)
DON DIEGO
A solas hablar querría.
DON FÉLIX
Podéis, si os place, empezar,
que por vos no he de dejar
tan honrosa compañía. 160
Y si Dios aquí os envía
para hacer mi conversión,
no despreciéis la ocasión
de convertir tanta gente,
mientras que yo humildemente 165
aguardo mi absolución.
DON DIEGO
(Desembozándose con ira.)
Don Félix, ¿no conocéis
a don Diego de Pastrana?
DON FÉLIX
A vos no, mas sí a una hermana
que imagino que tenéis. 170
DON DIEGO
¿Y no sabéis que murió?
DON FÉLIX
Téngala Dios en su gloria.
DON DIEGO
Pienso que sabéis su historia,
y quién fue quien la mató.
DON FÉLIX
(Con sarcasmo.)
¡Quizá alguna calentura! 175
DON DIEGO
¡Mentís vos!
DON FÉLIX
Calma, don Diego,
que si vos os morís luego,
es tanta mi desventura,
que aún me lo habrán de achacar,
y es en vano ese despecho, 180
si se murió, a lo hecho, pecho,
ya no ha de resucitar.
DON DIEGO
Os estoy mirando y dudo
si habré de manchar mi espada
con esa sangre malvada, 185
o echaros al cuello un nudo
con mis manos, y con mengua,
en vez de desafiaros,
el corazón arrancaros
y patearos la lengua. 190
Que un alma, una vida, es
satisfacción muy ligera,
y os diera mil si pudiera
y os las quitara después.
Juego a mi labio han de dar 195
abiertas todas tus venas,
que toda su sangre apenas
basta mi sed a calmar.
¡Villano!
(Tira de la espada; TODOS los jugadores se interponen.)
(...)
DON DIEGO
(Con furor reconcentrado y con la espada desnuda.)
Salid de aquí; que a fe mía,
que estoy resulto a mataros,
y no alcanzara a libraros
la misma virgen María. 210
Y es tan cierta mi intención,
tan resuelta está mi alma,
que hasta mi cólera calma
mi firme resolución.
Venid conmigo.
DON FÉLIX
Allá voy;
215
pero si os mato, don Diego,
que no me venga otro luego
a pedirme cuenta. Soy
con vos al punto. Esperad
cuente el dinero... uno... dos... 220
(A DON DIEGO.)
Son mis ganancias; por vos
pierdo aquí una cantidad
considerable de oro
que iba a ganar... ¿y por qué?
Diez... quince... por no sé qué 225
cuento de amor...¡un tesoro
perdido!... voy al momento.
Es un puro disparate
empeñarse en que yo os mate;
lo digo, como lo siento. 230
DON DIEGO
Remiso andáis y cobarde
y hablador en demasía.
DON FÉLIX
Don Diego, más sangre fría:
para reñir nunca es tarde,
y si aún fuera otro el asunto, 235
yo os perdonara la prisa:
pidierais vos una misa
por la difunta, y al punto...
DON DIEGO
¡Mal caballero!
DON FÉLIX
Don Diego,
mi delito no es gran cosa. 240
Era vuestra hermana hermosa:
la vi, me amó, creció el fuego,
se murió, no es culpa mía;
y admiro vuestro candor,
que no se mueren de amor 245
las mujeres de hoy en día.
DON DIEGO
¿Estáis pronto?
DON FÉLIX
Están contados.
Vamos andando.
DON DIEGO
¿Os reís?
(Con voz solemne.)
Pensad que a morir venís.
(...)
Parte cuarta
Vedle, don Félix es, espada en mano,
sereno el rostro, firme el corazón;
también de Elvira el vengativo hermano
sin piedad a sus pies muerto cayó.
(...)
Mueve los pies el Montemar osado
en las tinieblas con incierto giro,
cuando ya un trecho de la calle andado, 15
súbito junto a él oye un suspiro.
Resbalar por su faz sintió el aliento,
y a su pesar sus nervios se crisparon;
mas pasado el primero movimiento,
a su primera rigidez tornaron. 20
«¿Quién va?»,
pregunta con la voz serena,
que ni finge valor, ni muestra miedo,
el alma de invencible vigor llena,
fiado en su tajante de Toledo.
Palpa en torno de sí, y el
impío jura, 25
y a mover vuelve la atrevida planta,
cuando hacia él fatídica figura,
envuelta en blancas ropas, se adelanta.
Flotante y vaga, las espesas nieblas
ya disipa y se anima y va creciendo 30
con apagada luz, ya en las tinieblas
su argentino blancor va apareciendo.
Ya leve punto de luciente plata,
astro de clara lumbre sin mancilla,
el horizonte lóbrego dilata 35
y allá en la sombra en lontananza brilla.
Los ojos Montemar fijos en ella,
con más asombro que temor la mira;
tal vez la juzga vagarosa estrella
que en el espacio de los cielos gira. 40
Tal vez engaño de sus propios ojos,
forma falaz que en su ilusión creó,
o del vino ridículos antojos
que al fin su juicio a alborotar subió.
(...)
DON FÉLIX
«¡Qué! ¿sin respuesta me deja?
¿No admitís mi compañía?
¿Será quizá alguna vieja
devota?... ¡Chasco sería!
En vano, dueña, es callar, 105
ni hacerme señas que no;
he resuelto que sí yo,
y os tengo que acompañar.
Y he de saber dónde vais
y si sois hermosa o fea, 110
quién sois y cómo os llamáis.
Y aun cuando imposible sea,
y fuerais vos Satanás,
con sus llamas y sus cuernos,
hasta en los mismos infiernos, 115
vos delante y yo detrás,
hemos de entrar, ¡vive Dios!
Y aunque lo estorbara el cielo,
que yo he de cumplir mi anhelo
aun a despecho de vos: 120
y perdonadme, señora,
si hay en mi empeño osadía,
mas fuera descortesía
dejaros sola a esta hora:
y me va en ello mi fama, 125
que juro a Dios no quisiera
que por temor se creyera
que no he seguido a una dama.»
(...)
DON FÉLIX
«Si buscáis algún ingrato,
yo me ofrezco agradecido;
pero o miente ese recato, 195
o vos sufrís el mal trato
de algún celoso marido.
»¿Acerté? ¡Necia manía!
Es para volverme loco,
si insistís en tal porfía; 200
con los mudos, reina mía,
yo hago mucho y hablo poco.»
Segunda vez importunada en tanto,
una voz de süave melodía
el estudiante oyó que parecía 205
eco lejano de armonioso canto:
(...)
«Para mí los amores acabaron:
todo en el mundo para mí acabó:
los lazos que a la tierra me ligaron,
el cielo para siempre desató»,
dijo su acento misterioso y tierno, 215
que de otros mundos la ilusión traía,
eco de los que ya reposo eterno
gozan en paz bajo la tumba fría.
Montemar, atento sólo a su aventura,
que es bella la dama y aun fácil juzgó, 220
y la hora, la calle y la noche oscura
nuevos incentivos a su pecho son.
-Hay riesgo en seguirme. -Mirad ¡qué reparo!
-Quizá luego os pese. -Puede que por vos.
-Ofendéis al cielo. -Del diablo me amparo. 225
-Idos, caballero, ¡no tentéis a Dios!
-Siento me enamora más vuestro despego,
y si Dios se enoja, pardiez que hará mal:
véame en vuestros brazos y máteme luego.
-¡Vuestra última hora quizá esta
será!... 230
Dejad ya, don Félix, delirios mundanos.
-¡Hola, me conoce! -¡Ay! ¡Temblad por vos!
¡Temblad, no se truequen deleites livianos
en penas eternas! -Basta de sermón,
que yo para oírlos la cuaresma espero; 235
y hablemos de amores, que es más dulce hablar;
dejad ese tono solemne y severo,
que os juro, señora, que os sienta muy mal;
la vida es la vida: cuando ella se acaba,
acaba con ella también el placer. 240
¿De inciertos pesares por qué hacerla esclava?
Para mí no hay nunca mañana ni ayer.
Si mañana muero, que sea en mal hora
o en buena, cual dicen, ¿qué me importa a mí?
Goce yo el presente, disfrute yo ahora, 245
y el diablo me lleve si quiere al morir.
-¡Cúmplase en fin tu
voluntad, Dios mío!-,
la figura fatídica exclamó:
Y en tanto al pecho redoblar su brío
siente don Félix y camina en pos. 250
Cruzan tristes calles,
plazas solitarias,
arruinados muros,
donde sus plegarias
y falsos conjuros, 255
en la misteriosa
noche borrascosa,
maldecida bruja
con ronca voz canta,
y de los sepulcros 260
los muertos levanta.
Y suenan los ecos
de sus pasos huecos
en la soledad;
mientras en silencio 265
yace la ciudad,
y en lúgubre son
arrulla su sueño
bramando Aquilón.
Y una calle y otra cruzan, 270
y más allá y más allá:
ni tiene término el viaje,
ni nunca dejan de andar,
y atraviesan, pasan, vuelven,
cien calles quedando atrás, 275
y paso tras paso siguen,
y siempre adelante van;
y a confundirse ya empieza
y a perderse Montemar,
que ni sabe a dó camina, 280
ni acierta ya dónde está;
y otras calles, otras plazas
recorre y otra ciudad,
y ve fantásticas torres
de su eterno pedestal 285
arrancarse, y sus macizas
negras masas caminar,
apoyándose en sus ángulos
que en la tierra, en desigual,
perezoso tronco fijan; 290
y a su monótono andar,
las campanas sacudidas
misteriosos dobles dan;
mientras en danzas grotescas
y al estruendo funeral 295
en derredor cien espectros
danzan con torpe compás:
y las veletas sus frentes
bajan ante él al pasar,
los espectros le saludan, 300
y en cien lenguas de metal,
oye su nombre en los ecos
de las campanas sonar.
Mas luego cesa el estrépito,
y en silencio, en muda paz 305
todo queda, y desaparece
de súbito la ciudad:
palacios, templos, se cambian
en campos de soledad,
y en un yermo y silencioso 310
melancólico arenal,
sin luz, sin aire, sin cielo,
perdido en la inmensidad,
tal vez piensa que camina,
sin poder parar jamás, 315
de extraño empuje llevado
con precipitado afán;
entretanto que su guía
delante de él sin hablar,
sigue misterioso, y sigue 320
con paso rápido, y ya
se remonta ante sus ojos
en alas del huracán,
visión sublime, y su frente
ve fosfórica brillar, 325
entre lívidos relámpagos
en la densa oscuridad,
sierpes de luz, luminosos
engendros del vendaval;
y cuando duda si duerme, 330
si tal vez sueña o está
loco, si es tanto prodigio,
tanto delirio verdad,
otra vez en Salamanca
súbito vuélvese a hallar, 335
distingue los edificios,
reconoce en dónde está,
y en su delirante vértigo
al vino vuelve a culpar,
y jura, y siguen andando 340
ella delante, él detrás.
(...)
Rüido de pasos de gente que viene 380
a compás marchando con sordo rumor,
y de tiempo en tiempo su marcha detiene,
y rezar parece en confuso son.
Llegó de don Félix luego
a los oídos,
y luego cien luces a lo lejos vio, 385
y luego en hileras largas divididos,
vio que murmurando con lúgubre voz,
enlutados bultos andando venían;
y luego más cerca con asombro ve,
que un féretro en medio y en hombros traían 390
y dos cuerpos muertos tendidos en él.
(...)
Así en tardos pasos, todos murmurando,
el lúgubre entierro ya cerca llegó, 405
y la blanca dama devota rezando,
entrambas rodillas en tierra dobló.
Calado el sombrero y en pie, indiferente
el féretro mira don Félix pasar,
y al paso pregunta con su aire insolente 410
los nombres de aquellos que al sepulcro van.
Mas ¡cuál su sorpresa, su
asombro cuál fuera,
cuando horrorizado con espanto ve
que el uno don Diego de Pastrana era,
y el otro, ¡Dios santo!, y el otro era él...! 415
Él mismo, su imagen, su misma figura,
su mismo semblante, que él mismo era en fin:
y duda y se palpa y fría pavura
un punto en sus venas sintió discurrir.
Al fin era hombre, y un punto temblaron 420
los nervios del hombre, y un punto temió;
mas pronto su antigua vigor recobraron,
pronto su fiereza volvió al corazón.
-Lo que es, dijo, por Pastrana,
bien pensado está el entierro; 425
mas es diligencia vana
enterrarme a mí, y mañana
me he de quejar de este yerro.
Diga, señor enlutado,
¿a quién llevan a enterrar? 430
-Al estudiante endiablado
don Félix de Montemar»-,
respondió el encapuchado.
-Mientes, truhán. -No por cierto.
-Pues decidme a mí quién soy, 435
si gustáis, porque no acierto
cómo a un mismo tiempo estoy
aquí vivo y allí muerto.
-Yo no os conozco. -Pardiez,
que si me llego a enojar, 440
tus burlas te haga llorar
de tal modo, que otra vez
conozcas ya a Montemar.
¡Villano!... mas esto es
ilusión de los sentidos, 445
el mundo que anda al revés,
los diablos entretenidos
en hacerme dar traspiés.
¡El fanfarrón de don Diego!
De sus mentiras reniego, 450
que cuando muerto cayó,
al infierno se fue luego
contando que me mató.
Diciendo así, soltó una carcajada,
y las espaldas con desdén volvió: 455
se hizo el bigote, requirió la espada,
y a la devota dama se acercó.
Con que, en fin, ¿dónde vivís?,
que se hace tarde, señora.
-Tarde, aún no; de aquí a una hora 460
lo será. -Verdad decís,
será más tarde que ahora.
Esa voz con que hacéis miedo,
de vos me enamora más:
yo me he echado el alma atrás; 465
juzgad si me dará un bledo
de Dios ni de Satanás.
-Cada paso que avanzáis
lo adelantáis a la muerte,
don Félix. ¿Y no tembláis, 470
y el corazón no os advierte
que a la muerte camináis?
Con eco melancólico y sombrío
dijo así la mujer, y el sordo acento,
sonando en torno del mancebo impío, 475
rugió en la voz del proceloso viento.
(...)
«Seguid, señora, y adelante vamos:
tanto mejor si sois el diablo mismo,
y Dios y el diablo y yo nos conozcamos, 495
y acábese por fin tanto embolismo.
»Que de tanto sermón, de farsa tanta,
juro, pardiez, que fatigado estoy:
nada mi firme voluntad quebranta,
sabed en fin que donde vayáis voy. 500
»Un término no más tiene la vida:
término fijo; un paradero el alma;
ahora adelante.» Dijo, y en seguida
camina en pos con decidida calma».
Y la dama a una puerta se paró, 505
y era una puerta altísima, y se abrieron
sus hojas en el punto en que llamó,
que a un misterioso impulso obedecieron;
y tras la dama el estudiante entró;
ni pajes ni doncellas acudieron; 510
y cruzan a la luz de unas bujías
fantásticas, desiertas galerías.
(...)
Grandiosa, satánica figura,
alta la frente, Montemar camina,
espíritu sublime en su locura, 555
provocando la cólera divina:
fábrica frágil de materia impura,
el alma que la alienta y la ilumina,
con Dios le iguala, y con osado vuelo
se alza a su trono y le provoca a duelo. 560
Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta,
hollada sí, pero jamás vencida:
el hombre en fin que en su ansiedad quebranta 565
su límite a la cárcel de la vida,
y a Dios llama ante él a darle cuenta,
y descubrir su inmensidad intenta.
Y un báquico cantar tarareando,
cruza aquella quimérica morada, 570
con atrevida indiferencia andando,
mofa en los labios, y la vista osada;
y el rumor que sus pasos van formando,
y el golpe que al andar le da la espada,
tristes ecos, siguiéndole detrás, 575
repiten con monótono compás.
(...)
Siente, por fin, que de repente para,
y un punto sin sentido se quedó; 650
mas luego valeroso se repara,
abrió los ojos y de pie se alzó;
y fue el primer objeto en que pensara
la blanca dama, y alrededor miró,
y al pie de un triste monumento hallóla, 655
sentada en medio de la estancia, sola.
Era un negro solemne monumento
que en medio de la estancia se elevaba,
y a un tiempo a Montemar, ¡raro portento!,
una tumba y un lecho semejaba: 660
ya imaginó su loco pensamiento
que abierta aquella tumba le aguardaba;
ya imaginó también que el lecho era
tálamo blando que al esposo espera.
Y pronto, recobrada su osadía, 665
y a terminar resuelto su aventura,
al cielo y al infierno desafía
con firme pecho y decisión segura:
a la blanca visión su planta guía,
y a descubrirse el rostro la conjura, 670
y a sus pies Montemar tomando asiento,
así la habló con animoso acento:
«Diablo, mujer o visión,
que, a juzgar por el camino
que conduce a esta mansión, 675
eres puro desatino
o diabólica invención:
»Siquier de parte de Dios,
siquier de parte del diablo,
¿quién nos trajo aquí a los dos? 680
Decidme, en fin, ¿quién sois vos?
y sepa yo con quién hablo:
»Que más que nunca palpita
resuelto mi corazón,
cuando en tanta confusión, 685
y en tanto arcano que irrita,
me descubre mi razón.
»Que un poder aquí supremo,
invisible se ha mezclado,
poder que siento y no temo, 690
a llevar determinado
esta aventura al extremo.»
(...)
Y entonces la visión del blanco velo 810
al fiero Montemar tendió una mano,
y era su tacto de crispante hielo,
y resistirlo audaz intentó en vano:
galvánica, cruel, nerviosa y fría,
histérica y horrible sensación, 815
toda la sangre coagulada envía
agolpada y helada al corazón...
Y a su despecho y maldiciendo al cielo,
de ella apartó su mano Montemar,
y temerario alzándola a su velo, 820
tirando de él la descubrió la faz.
¡Es su esposo!, los ecos retumbaron,
¡La esposa al fin que su consorte halló!
Los espectros con júbilo gritaron:
¡Es el esposo de su eterno amor! 825
Y ella entonces gritó: ¡Mi esposo! Y era
(¡desengaño fatal!, ¡triste verdad!)
una sórdida, horrible calavera,
la blanca dama del gallardo andar...
Luego un caballero de espuela dorada, 830
airoso, aunque el rostro con mortal color,
traspasado el pecho de fiera estocada,
aún brotando sangre de su corazón,
se acerca y le dice, su diestra tendida,
que impávido estrecha también Montemar: 835
-Al fin la palabra que disteis, cumplida;
doña Elvira, vedla, vuestra esposa es ya.
-Mi muerte os perdono. Por cierto, don Diego,
repuso don Félix tranquilo a su vez,
me alegro de veros con tanto sosiego, 840
que a fe no esperaba volveros a ver.
En cuanto a ese espectro que decís mi esposa,
raro casamiento venísme a ofrecer:
su faz no es por cierto ni amable ni hermosa,
mas no se os figure que os quiera ofender. 845
Por mujer la tomo, porque es cosa cierta,
y espero no salga fallido mi plan,
que en caso tan raro y mi esposa muerta,
tanto como viva no me cansará.
Mas antes decidme si Dios o el demonio 850
me trajo a este sitio, que quisiera ver
al uno o al otro, y en mi matrimonio
tener por padrino siquiera a Luzbel:
Cualquiera o entrambos con su corte toda,
estando estos nobles espectros aquí, 855
no perdiera mucho viniendo a mi boda...
Hermano don Diego, ¿no pensáis así?
Tal dijo don Félix con fruncido ceño,
en torno arrojando con fiero ademán
miradas audaces de altivo desdeño, 860
al Dios por quien jura capaz de arrostrar.
El carïado, lívido esqueleto,
los fríos, largos y asquerosos brazos,
le enreda en tanto en apretados lazos,
y ávido le acaricia en su ansiedad: 865
y con su boca cavernosa busca
la boca a Montemar, y a su mejilla
la árida, descarnada y amarilla
junta y refriega repugnante faz.
Y él, envuelto en sus secas coyunturas, 870
aún más sus nudos que se aprieta siente,
baña un mar de sudor su ardida frente
y crece en su impotencia su furor;
pugna con ansia a desasirse en vano,
y cuanto más airado forcejea, 875
tanto más se le junta y le desea
el rudo espectro que le inspira horror.
Y en furioso, veloz remolino,
y en aérea fantástica danza,
que la mente del hombre no alcanza 880
en su rápido curso a seguir,
los espectros su ronda empezaron,
cual en círculos raudos el viento
remolinos de polvo violento
y hojas secas agita sin fin. 885
Y elevando sus áridas manos,
resonando cual lúgubre eco,
levantóse con su cóncavo hueco
semejante a un aullido una voz:
pavorosa, monótona, informe, 890
que pronuncia sin lengua su boca,
cual la voz que del áspera roca
en los senos el viento formó.
«Cantemos, dijeron sus gritos,
la gloria, el amor de la esposa, 895
que enlaza en sus brazos dichosa,
por siempre al esposo que amó:
su boca a su boca se junte,
y selle su eterna delicia,
suave, amorosa caricia 900
y lánguido beso de amor.
»Y en mutuos abrazos unidos,
y en blando y eterno reposo,
la esposa enlazada al esposo
por siempre descansen en paz: 905
y en fúnebre luz ilumine
sus bodas fatídica tea,
es brinde deleites y sea
a tumba su lecho nupcial.»
(...)
Y huyó la noche y con la noche huían
sus sombras y quiméricas mujeres,
y a su silencio y calma sucedían
el bullicio y rumor de los talleres; 1000
y a su trabajo y a su afán volvían
los hombres y a sus frívolos placeres,
algunos hoy volviendo a su faena
de zozobra y temor el alma llena:
¡Que era pública voz, que
llanto arranca 1005
del pecho pecador y empedernido,
que en forma de mujer y en una blanca
túnica misteriosa revestido,
aquella noche el diablo a Salamanca
había en fin por Montemar venido!... 1010
Y si, lector, dijerdes ser comento,
como me lo contaron, te lo cuento.