En México hubo que recomenzar la vida, cosa dura si ya no se tiene la ilusión y la flexibilidad de la juventud. Y recomenzarla sobre los mismos instrumentos de siempre: la pluma, los estudios de arte y acaso la pintura.
El desastre de España me impuso la convicción de que mi vida allá se había terminado y de que era preciso poner a prueba mis facultades de todo orden a la presión más alta. Y, en efecto, en los siete años últimos, he hecho más cosas que nunca. Llevo escritos siete libros, entre grandes y pequeños: "Locos, enanos, negros y niños palaciegos en la Corte de los Austrias", "Cornucopia de México", "Doce manos mexicanas", "La escultura colonial mexicana", "Puerta severa", "La noche del verbo", "Temas de arte" (inédito aún) y esta autobiografía.
He dado seis o siete conferencias. He viajado por el país, por los museos, iglesias, archivos fotográficos, colecciones particulares y tiendas de antigüedades para recoger datos. He hecho veinticuatro retratos al óleo y varias docenas de cuadros imaginativos, que fueron expuestos sucesivamente en las Galería de Arte Mexicano y de la Universidad.
Y todo esto en las peores condiciones físicas, porque la altura de la ciudad, unida a los sufrimientos morales, traían desquiciados mis nervios. Sentía mareos, inseguridad de piernas, opresión en la caja torácica y una injustificada premura como si el tren se fuese a escapar. Nadie sabe lo que tuve que dominarme para trabajar. Las pruebas de adaptación fueron dobles: al ambiente social y matrimonial y al ambiente físico. Los estados de depresión que atravesé desde el año 39 han sido numerosos y grandes, aunque he trataba de disimularlos. Pasé por varios médicos, para ver si radicaba en el hígado, en los nervios en el pecho el origen de mis dolencias. Me hice radiografías, me dejé sacar las muelas, me analizaron sangre, orina, esputos, y me inyectaron mil veces calcio, estricnina, vitaminas y otros productos. (...)
¿Siente uno estímulos en esta nueva vida? Si no hubiese sido por Genaro Estrada y luego por Villaseñor, Montes de Oca, Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes, a esta hora no sé dónde estaría. Debo mi existencia a la creación de la Casa de España y luego al Colegio de México, fundaciones pensadas, ayudadas y dirigidas por estos hombres de tipo internacional. Y mi gratitud no es muda. Creo, haber correspondido a la confianza que ellos pusieron en mí, con los trabajos hechos.
Pero yo no soy esencialmente un científico, sé desenvolverme en el campo de la investigación histórico-artística porque, como dije en otras páginas, pertenecí al Centro de Estudios Históricos, en Madrid, y porque mi carrera de archivero, bibliotecario y arqueólogo me mantuvo en contacto con los documentos y las obras de arte toda la vida; pero mi pasión no se satisface con la actividad científica. Busca otras salidas, la poesía y la pintura. Considero a la ciencia como una muleta, mientras la poesía y la pintura son alas.
¿Es que las alas necesitan estímulo para volar? Claro que sí. Aire en que apoyarse, por lo menos.
Pero no hay que ser quejumbroso ni descontentadizo. En los tiempos actuales, tener un hogar, comida y trabajo, sin oír bombas ni sufrir destrozos, es una bendición.
Además,
No vinimos acá, nos trajeron las ondas. (
1)
y según el mismo poema dice,
Teníamos que hacer algo fuera de casa,
fuera del gabinete y del rincón amado,
en medio de las cumbres solas, altas y ajenas. (
1)
Sí, hay una llamada exterior, una fuerza trágica, que manda al hombre salirse de su camino individual o solitario, habitual y egoísta, una fuerza que le dice: "No has dado todo lo que puedes dar de ti".
Esa fuerza se valió de la catástrofe española y Genaro Estrada para arrancarme de mi tierra y hacerme que sembrara mi semilla en las alturas de México.
(Tomado de José Moreno Villa. Vida en claro. Autobiografía. Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1976.)
Notas
1. Referencia a este poema suyo:
No vinimos acá, nos trajeron las ondas.
Confusa marejada, con un sentido arcano,
impuso el derrotero a nuestros pies sumisos.
Nos trajeron las ondas que viven en misterio.
Las fuerzas ondulantes que animan el destino.
Los poderes ocultos en el manto celeste.
Teníamos que hacer algo fuera de casa,
fuera del gabinete y del rincón amado,
en medio de las cumbres solas, altas y ajenas.
El corazón estaba aferrado a lo suyo,
aliméntandose de sus memorias dormidas,
emborrachándose de sus eternos latidos.
Era dulce vivir en lo amoldado y cierto,
con su vino seguro y su manjar caliente,
con su sábana fresca y su baño templado.
El libro iba saliendo, el cuadro iba pintándose,
el intercambio entre nosotros y el ambiente
verificábase como función del organismo.
Era normal la vida: el panadero, al horno,
el guardián, en su puesto; en su hato, el pastor,
en su barca el marino, y el pintor en su estudio.
¿Por qué fue roto aquello? ¿Quién hizo capitán
al mozo tabernero y juez al hortelano?
¿Quién hizo embajador al pobre analfabeto
y conductor de almas a quien no se conduce?
Fue la borrasca humana, sin duda, pero tú,
que buscas lo más hondo, sabes que por debajo
mandaban esas fuerzas, ondulantes y oscuras,
que te piden un hijo donde no lo soñabas,
que es pedirte los huesos para futuros hombres.