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Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Biografía.
Textos:
1.
Fragmentos del Prólogo a
Fábulas en verso castellano para uso del Real Seminario Bascongado.
Muchos
son los sabios, de diferentes siglos y naciones, que han aspirado al
renombre de fabulistas; pero muy pocos los que han hecho esta carrera
felizmente. Este conocimiento debiera haberme retraído del arduo empeño
de meterme a contar fábulas en verso castellano. Así hubiera sido; pero
permítame el público protestar con sinceridad, en mi abono, que en esta
empresa no ha tenido parte mi elección. Es puramente obra de mi pronta
obediencia, debida a una persona en quien respeto unidas las calidades
de tío, maestro y jefe.
En efecto, el Director de la Real Sociedad Bascongada, mirando la educación como a
basa
en que estriba la felicidad pública, emplea la mayor parte de su celo
patriótico en el cuidado de proporcionar a los jóvenes alumnos del Real
Seminario Bascongado cuanto conduce a su instrucción; y siendo, por
decirlo así, el primer pasto con que se debe nutrir el espíritu de los
niños las máximas morales, disfrazadas con el agradable artificio de la
fábula, me destinó a poner una colección de ellas en verso castellano,
con el objeto de que recibiesen esta enseñanza, ya que no mamándola con
la leche, según deseó
Platón, a lo menos antes de llegar a estado de poder entender el latín.
Desde
luego di principio a mi obrilla. Apenas pillaban los jóvenes
seminaristas alguno de mis primeros ensayos, cuando los leían y
estudiaban a porfía con indecible placer y facilidad; mostrando en esto
el deleite que les causa un cuentecillo adornado con la dulzura y
armonía poética, y libre para ellos de las espinas de la traducción,
que tan desagradablemente les punzan en los principios de su enseñanza.
Aunque
esta primera prueba me asegura en parte de la utilidad de mi empresa,
que es la verdadera recomendación de un escrito, no se contenta con
ella mi amor propio. Siguiendo éste su ambiciosa condición, desea que
respectivamente logren mis fábulas igual acogida que en los niños, en
los mayores, y aun, si es posible, entre los doctos; pero, a la verdad,
esto no es tan fácil. Las espinas que dejan de encontrar en ellas los
niños, las hallarán los que no lo son en los repetidos defectos de la
obra. Quizá no parecerán éstos tan de marca, dando aquí una breve
noticia del método que he observado en la ejecución de mi asunto, y de
las razones que he tenido para seguirle.
(...)
Si en algo he empleado casi
nimiamente
mi atención, ha sido en hacer versos fáciles hasta acomodarlos, según
mi entender, a la comprensión de los muchachos. Que alguna vez parezca
mi estilo, no sólo humilde, sino aún bajo, malo es; mas ¿no sería
muchísimo peor que, haciéndolo incomprensible a los niños, ocupasen
éstos su memoria con inútiles coplas?
(...)
En cuanto al
metro, no guardo uniformidad (...) Con la variedad de metros he
procurado huir de aquel monotonismo que adormece los sentidos y se
opone a la varia armonía, que tanto
deleita
el ánimo y aviva la atención. Los jóvenes que tomen de memoria estos
versos adquirirán, con la repetición de ellos, alguna facilidad en
hacerlos arreglados a las diversas medidas a que por este medio
acostumbren su oído.
(...)
2.
La Cigarra y la Hormiga Cantando la Cigarra
pasó el verano entero,
sin hacer provisiones
allá para el invierno.
Los fríos la obligaron 5
a guardar el silencio
y a acogerse al abrigo
de su estrecho aposento.
Viose desproveída
del preciso sustento: 10
sin mosca, sin gusano,
sin trigo, sin centeno.
Habitaba la Hormiga
allí, tabique en medio,
y con mil expresiones 15
de atención y respeto
la dijo: -Doña Hormiga,
pues que en vuestros graneros
sobran las provisiones
para vuestro alimento, 20
prestad alguna cosa
con que viva este invierno
esta triste Cigarra,
que, alegre en otro tiempo,
nunca conoció el daño, 25
nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
que fielmente prometo
pagaros con ganancias,
por el nombre que tengo. 30
La codiciosa Hormiga
respondió con
denuedo,
ocultando a la espalda
las llaves del granero:
-¡Yo prestar lo que gano 35
con un trabajo inmenso!
Dime, pues, holgazana,
¿qué has hecho en el buen tiempo?
-Yo, dijo la Cigarra,
a todo pasajero 40
cantaba alegremente,
sin cesar ni un momento.
-¡Hola!, ¿conque cantabas
cuando yo andaba al remo?
Pues ahora, que yo como, 45
baila, pese a tu cuerpo.
3.
El Ratón de la corte y el del campo Un Ratón cortesano
convidó con un modo muy urbano
a un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
queso fresco de Holanda, 5
y una despensa llena de
vianda era su alojamiento,
pues no pudiera haber un aposento
tan magníficamente preparado,
aunque fuese en Ratópolis buscado 10
con el mayor esmero,
para alojar a Roepán Primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
las paredes y techos adornaban,
entre mil ratonescas golosinas, 15
salchichones,
perniles y
cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué
embeleso!,
de pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan
lisonjera llega la despensera. 20
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
pierden el
tino, mas al fin se escapan
atropelladamente
por cierto pasadizo abierto a diente.
-¡Esto tenemos!, dijo el campesino, 25
reniego yo del queso, del tocino,
y de quien busca gustos
entre los sobresaltos y los sustos.
Volvióse a su campaña en el instante
y estimó mucho más de allí adelante, 30
sin
zozobra, temor ni
pesadumbres,
su casita de tierra y sus legumbres.
4.
La Lechera Llevaba en la cabeza
una Lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte: 5
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
Porque no apetecía
más compañía que su pensamiento,
que alegre la ofrecía
inocentes ideas de contento, 10
marchaba sola la feliz Lechera,
y decía entre sí de esta manera:
«Esta leche vendida,
en limpio me dará tanto dinero,
y con esta partida 15
un canasto de huevos comprar quiero,
para sacar cien pollos, que al
estío me rodeen cantando el pío, pío.
Del importe logrado
de tanto pollo mercaré un cochino; 20
con bellota,
salvado,
berza, castaña engordará sin tino;
tanto, que puede ser que yo consiga
ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado, 25
sacaré de él, sin duda, buen dinero:
Compraré de contado
una robusta vaca y un ternero,
que salte y corra toda la
campaña,
hasta el monte cercano a la cabaña». 30
Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, 35
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
¡Oh loca fantasía,
qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría;
no sea que, saltando de contento 40
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa 45
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.
5.
El Zagal y las Ovejas Apacentando un Joven su ganado,
gritó desde la cima de un collado:
-¡Favor!, que viene el lobo, labradores.
Éstos, abandonando sus labores,
acuden prontamente, 5
y hallan que es una
chanza solamente.
Vuelve a
clamar, y temen la desgracia;
segunda vez los burla, ¡linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera. 10
Entonces el Zagal se
desgañita,
y por más que patea, llora y grita,
no se mueve la gente escarmentada,
y el lobo le devora la manada.
¡Cuántas veces resulta de un engaño 15
contra el engañador el mayor daño!
6.
La Zorra y las Uvas Es voz común que, a más del mediodía,
en ayunas la Zorra iba cazando.
Halla una parra, quédase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.
Causábale mil ansias y
congojas 5
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.
Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo. 10
Entonces fue cuando la Zorra dijo:
-No las quiero comer: «No están maduras».
No por eso te muestres impaciente,
si te se frustra, Fabio, algún intento.
Aplica bien el cuento, 15
y di: No están maduras, frescamente.
7.
La Gallina de los huevos de oro Érase una Gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia mal contento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro, 5
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla, abrióla el vientre
de contado;
pero, después de haberla registrado,
¿qué sucedió? Que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló mina. 10
¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
enriquecerse quieren al instante,
abrazando proyectos
a veces de tan rápidos efectos,
que sólo en pocos meses, 15
cuando se contemplaban ya marqueses
contando sus millones,
se vieron en la calle sin calzones!