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María González-Serna. Presentación sobre las Cartas marruecas.
1. Fragmentos de Memorias o compendio de mi vida.
Nací a mi tiempo, regular, muriendo mi madre del parto. Encargóse de mi
niñez una tía de mi madre, y de mi educación, un tío jesuita, que
persuadió por cartas repetidas a padre que me enviase al Colegio de
Luis el Grande de París, floreciente entonces por el gran número y no
menor calidad de los alumnos.
Llegué de nueve años de edad al Colegio, gobernado entonces por un
célebre jesuita llamado el P. Latour, que había sido maestro del
Príncipe de Conti y protector de Voltaire, para su colocación en la
Academia.
De allí a poco se le antojó aprender inglés, y para lograrlo, se fue a
Inglaterra. Se retiró al campo a vivir con una familia inglesa y logró
aprender la lengua con toda perfección. Las costumbres de aquella
nación, siendo muy análogas al carácter de mi padre, se enamoró de
aquel pueblo, y me mandó que pasase el mar para lo mismo.
Pasé con toda prontitud a Londres, porque las órdenes de mi padre no
eran capaces de interpretación. Estuve una temporada en un lugar
llamado Kingston, donde mi padre había aprendido el inglés, y otra, en
una especie de escuela académica, mantenida por un Mr. Plunket,
católico, gran partidario de la Casa de Stuart. Me hice cargo del
idioma de aquel país. Allí experimenté por primera vez los efectos de
la pasión que se llama amor. Hubo de serme funesta.
Mi padre volvió a Madrid a seguir sus ideas en la Corte, y me escribió
que volviese a París a estar un año en la Academia. Lo ejecuté con
igual puntualidad.
Al año tuve orden para volver a España, y entré en un país que era
totalmente extraño para mí, aunque era mi patria. Lengua, costumbres,
traje, todo era nuevo para un muchacho que había salido niño de España,
y volvía a ella con todo el desenfreno de un francés, y toda la
aspereza de un inglés. Aumentóse mucho esta mala disposición con la
vista de miseria de nuestras posadas, caminos, etc. Llegué a Madrid, y
al cabo de un mes no cabal de estar en compañía de mi padre, me dijo
que por si me había relajado algo en costumbres, u religión, me
convenía estar algún tiempo en el Seminario de Nobles de Madrid. Entré
en él de dieciséis años muy cumplidos, después de haber andado media
Europa, y haber gozado sobrada libertad en los principios de una
juventud fogosa. Desde el mismo día empecé a tratar el modo de salir de
aquella casa, que no se me podía figurar sino como cárcel. Pero mi
padre era hombre tan metido en sí, que me era poco menos que imposible
saber qué medio sería el más eficaz para este fin. Por fin pude
adivinar que me quería para
covachuelista,
cosa que se oponía a mi ánimo, que era militar. (...) En esto tuve por
casualidad noticia de que mi padre aborrecía con sus cinco sentidos a
la Compañía dicha de Jesús. Finjo vocación de jesuita (habiéndole
propuesto varias veces mi deseo de ser soldado). Estas insinuaciones,
cada una por sí, le volvieron loco, y mucho más la combinación de las
dos vocaciones, tan diferentes. Sacóme, desde luego, del Seminario y me
mantuvo en su casa (...) Instándole yo una noche (...) sobre mi deseo
de servir, se exasperó tanto que, rompiendo su formalidad acostumbrada,
me dijo: Dos veces me ha hablado Vm. con eficacia sobre este asunto, a
la tercera no tiene padre (nótese que jamás me habló de tú). Suspendí
por entonces, pero hice que le hablasen sobre el otro, esto es, el de
jesuita: y ya apurado del todo conmigo, me dijo había determinado fuese
a divertirme un poco por Andalucía. Apenas llegué a Cádiz, que le
escribí tres pliegos grandes por las cuatro caras llenas de pedantería
mística, sobre la perfección del estado religioso, peligro de las almas
en el mundo, esencial obligación de salvarse, etc. Tardó mucho tiempo
en responderme (...) Al cabo respondió mi padre, con más lágrimas que
tinta, diciendo: que nunca había sido su ánimo apartarme del camino por
donde Dios me llamaba; pero que era justo examinar la verdad de esta
vocación, porque le sería sumamente doloroso perder el único hijo que
tenía, por cuyo bien él había guardado un rígido
celibatismo,
y que así inmediatamente me pusiese en marcha para Madrid. Púseme en
marcha para Madrid, y al llegar al Puente de Toledo hallé a mi padre,
que me hizo pasar a su berlina, y en ella sin hablar una sola palabra
atravesé calle de Toledo, plazuela de Ángel, calle de las Carretas,
calle de Alcalá, y salí por la misma puerta a una hacienda que llaman
la Alameda: allí había un coche de colleras, con un equipaje completo
para mí, y una especie de entre compañero y tutor : y me dijo mi padre:
Pase Vm. a ese coche y vaya Vm. con el señor a Londres. (...) Metíme en
el coche tercero de los que había visto aquel día, y con el mismo
silencio llegamos a Alcalá, en cuya posada el conductor me declaró el
encargo que le había hecho mi padre, y se reducía a divertirme con
dineros y con libros, y con cuanto quisiese. (...) Muere mi padre
viajando por Dinamarca (...) Volví a pasar cuarta vez por París y llego
a Madrid. Fui en posta a Cádiz, estuve pocos días para arreglar mis
cosas con mi tío, volví a Madrid y tomé los cordones para ir al
Ejército. Este golpe de heredero francés fue la piedra fundamental de
la ruina de mi patrimonio, porque las doscientas leguas en posta, la
celeridad del examen de papeles, y toda la tropelía, fueron causa que
yo nunca supe la verdadera suma de mi Patrimonio, ni vi jamás el
testamento de mi padre, ni supe qué tenía hasta que supe que ya no
tenía nada.
2. Selección de las Cartas marruecas.
Introducción
Desde que Miguel de Cervantes compuso la inmortal novela en que criticó
con tanto acierto algunas viciosas costumbres de nuestros abuelos, que
sus nietos hemos reemplazado con otras, se han multiplicado las
críticas de las naciones más cultas de Europa en las plumas de autores
más o menos imparciales; pero las que han tenido más aceptación entre
los hombres de mundo y de letras son las que llevan el nombre de
«cartas», que se suponen escritas en este o aquel país por viajeros
naturales de reinos no sólo distantes, sino opuestos en religión, clima
y gobierno. El mayor suceso de esta especie de críticas debe atribuirse
al método epistolar, que hace su lectura más cómoda, su distribución
más fácil, y su estilo más ameno, como también a lo extraño del
carácter de los supuestos autores: de cuyo conjunto resulta que, aunque
en muchos casos no digan cosas nuevas, las profieren siempre con cierta
novedad que gusta.
Esta ficción no es tan natural en España, por ser menor el número de
los viajeros a quienes atribuir semejante obra. Sería increíble el
título de Cartas persianas, turcas o chinescas, escritas de este lado
de los Pirineos. Esta consideración me fue siempre sensible porque, en
vista de las costumbres que aún conservamos de nuestros antiguos, las
que hemos contraído del trato de los extranjeros, y las que ni bien
están admitidas ni desechadas, siempre me pareció que podría trabajarse
sobre este asunto con suceso, introduciendo algún viajero venido de
lejanas tierras, o de tierras muy diferentes de las nuestras en
costumbres y usos.
La suerte quiso que, por muerte de un conocido mío, cayese en mis manos
un manuscrito cuyo título es: Cartas escritas por un moro llamado Gazel
Ben-Aly, a Ben-Beley, amigo suyo, sobre los usos y costumbres de los
españoles antiguos y modernos, con algunas respuestas de Ben-Beley, y
otras cartas relativas a éstas.
Acabó su vida mi amigo antes que pudiese explicarme si eran
efectivamente cartas escritas por el autor que sonaba, como se podía
inferir del estilo, o si era pasatiempo del difunto, en cuya
composición hubiese gastado los últimos años de su vida. Ambos casos
son posibles: el lector juzgará lo que piense más acertado, conociendo
que si estas Cartas son útiles o inútiles, malas o buenas, importa poco
la calidad del verdadero autor.
Me he animado a publicarlas por cuanto en ellas no se trata de religión
ni de gobierno; pues se observará fácilmente que son pocas las veces
que por muy remota conexión se trata algo de estos dos asuntos.
(...)
Estas cartas tratan del carácter nacional, cual lo es en el día y cual
lo ha sido. Para manejar esta crítica al gusto de unos, sería preciso
ajar la nación, llenarla de improperios y no hallar en ella cosa alguna
de mediano mérito. Para complacer a otros, sería igualmente necesario
alabar todo lo que nos ofrece el examen de su genio, y ensalzar todo lo
que en sí es reprensible. Cualquiera de estos dos sistemas que se
siguiese en las
Cartas marruecas
tendría gran número de apasionados; y a costa de mal conceptuarse con
unos, el autor se hubiera congraciado con otros. Pero en la
imparcialidad que reina en ellas, es indispensable contraer el odio de
ambas parcialidades. Es verdad que este justo medio es el que debe
procurar seguir un hombre que quiera hacer algún uso de su razón; pero
es también el de hacerse sospechoso a los preocupados de ambos extremos.
(...)
Sobre Europa.
1. Decadencia.
Carta IV
(...)
La mezcla de las naciones en Europa ha hecho
admitir generalmente los vicios de cada una y desterrar las
virtudes respectivas. De aquí nacerá, si ya
no ha nacido, que los nobles de todos los países tengan
igual despego a su patria, formando entre todos una nación
separada de las otras y distinta en idioma, traje y religión;
y que los pueblos sean infelices en igual grado, esto es,
en proporción de la semejanza de los nobles. Síguese
a esto la decadencia general de los estados, pues sólo
se mantienen los unos por la flaqueza de los otros, y ninguno
por fuerza suya o propio vigor. El tiempo que tardan las
cortes en uniformarse exactamente en lujo y relajación
tardarán también las naciones en asegurarse
las unas de la ambición de las otras: y este grado
de universal abatimiento parecerá un apetecible sistema
de seguridad a los ojos de los políticos afeminados;
pero los buenos, los prudentes, los que merecen este nombre,
conocerán que un corto número de años
las reducirá todas a un estado de flaqueza que les
vaticine pronta y horrorosa destrucción. Si desembarcasen
algunas naciones guerreras y desconocidas en los dos extremos
de Europa, mandadas por unos héroes de aquellos que
produce un clima, cuando otro no da sino hombres medianos,
no dudo que se encontrarían en la mitad de Europa,
habiendo atravesado y destruido un hermosísimo país.
¿Qué obstáculos hallarían de parte de
sus habitantes? No sé si lo diga con risa o con lástima:
unos ejércitos muy lucidos y simétricos sin
duda, pero debilitados por el peso de sus pasiones y mandados
por generales en quienes hay menos de lo que se requiere
de aquel gran estímulo de un héroe, a saber,
el patriotismo. Ni creas que para detener semejantes irrupciones
sea suficiente obstáculo el número de las ciudades
fortificadas. Si reinan el lujo, la desidia y otros vicios
semejantes, fruto de la relajación de las costumbres,
éstos sin duda abrirán las puertas de las ciudadelas
a los enemigos. La mayor fortaleza, la más segura,
la única invencible, es la que consiste en los corazones
de los hombres, no en lo alto de los muros ni en lo profundo
de los fosos.
Carta LXXXVIII
Veo y apruebo lo que me dices sobre los varios trámites por donde pasan
las naciones desde su formación hasta su ruina total. Si cabe algún
remedio para evitar la encadenación de cosas que han de suceder a los
hombres y a sus comunidades, no creo que lo haya para prevenir los
daños de la época del lujo. Éste tiene demasiado atractivo para dar
lugar a otra cualquiera persuasión; y así, los que nacen en semejantes
eras se cansan en balde si pretenden contrarrestar la fuerza de tan
furioso torrente. Un pueblo acostumbrado a delicadas mesas, blandos
lechos, ropas finas, modales afeminados, conversaciones amorosas,
pasatiempos frívolos, estudios dirigidos a refinar las delicias y lo
restante del lujo, no es capaz de oír la voz de los que quieran
demostrarle lo próximo de su ruina. Ha de precipitarse en ella como el
río en el mar. Ni las leyes suntuarias, ni las ideas militares, ni los
trabajos públicos, ni las guerras, ni las conquistas, ni el ejemplo de
un soberano parco, austero y sobrio, bastan a resarcir el daño que se
introdujo insensiblemente.
Reiráse semejante nación del
magistrado que, queriendo resucitar las antiguas leyes y austeridad de
costumbres, castigue a los que las quebranten; del filósofo que declame
contra la relajación; del general que hable alguna vez de guerras; del
poeta que canta los héroes de la patria. Nada de esto se entiende ni se
oye; lo que se escucha con respeto y se ejecuta con general esmero, es
cuanto puede completar la ruina universal. La invención de un sorbete,
de un peinado, de un vestido y de un baile, es tenido por prueba
matemática de los progresos del entendimiento humano. Una composición
nueva de una música deliciosa, de una poesía afeminada, de un drama
amoroso, se cuentan entre las invenciones más útiles del siglo. A esto
reduce la nación todo el esfuerzo del entendimiento humano; a un nuevo
muelle de coche, toda la matemática; a una fuente extraña y un teatro
agradable, toda la física; a más olores fragantes, toda la química; a
modos de hacernos más capaces de disfrutar los placeres, toda la
medicina; y a romper los vínculos de parentesco, matrimonio, lealtad,
amistad y amor de la patria, toda la moral y filosofía.
Buen
recibimiento tendría el que se llegase a un joven de dieciocho años,
diciéndole: «Amigo, ya estás en edad de empezar a ser útil a tu patria;
quítate esos vestidos, ponte uno de lana del país; deja esos manjares
deliciosos y conténtate con un poco de pan, vino, hierbas, vaca y
carnero; no pases siquiera por teatros y tertulias; vete al campo,
salta, corre, tira la barra, monta a caballo, pasa el río a nado, mata
un jabalí o un oso, cásate con una mujer honrada, robusta y
trabajadora».
Poco mejor le iría al que llegase a la mujer y le
dijese: «¿Tienes ya quince años? Pues ya no debes pensar en ser niña:
tocador, gabinete, coche, mesas, cortejos, máscaras, teatros, nuditos,
encaje, cintas, parches, blondas, aguas de olor, batas, desabillés, al
fuego desde hoy. ¿Quién se ha de casar contigo, si te empleas en estos
pasatiempos? ¿Qué marido ha de tener la que no cría sus hijos a sus
pechos, la que no sabe hacerle las camisas, cuidarle en una enfermedad,
gobernar la casa y seguirle si es menester a la guerra?».
El pobre que fuese con estos sermones recibiría en pago mucha mofa y burla. (...)
2. Relajación de las costumbres.
Carta X
La
poligamia entre nosotros está no sólo autorizada por el gobierno, sino
mandada expresamente por la religión. Entre estos europeos, la religión
la prohíbe y la tolera la pública costumbre. (...) Preguntome [un joven
militar] cuántas mujeres componían mi serrallo. Respondíle que en vista
de la tal cual altura en que me veo, y atendida mi decencia precisa,
había procurado siempre mantenerme con alguna ostentación; y que así,
entre muchas cuyos nombres apenas sé, tengo doce blancas y seis negras.
-Pues, amigo -dijo el mozo-, yo, sin ser moro ni tener serrallo, ni
aguantar los quebraderos de cabeza que acarrea el gobierno de tantas
hembras, puedo jurarte que entre las que me llevo de asalto, las que
desean capitular, y las que se me entregan sin aguantar sitio, salgo a
otras tantas por día como tú tienes por toda tu vida entera y
verdadera-. Calló y aplaudiose a sí mismo con una risita, a mi ver poco
oportuna.
Ahora, amigo Ben-Beley, 18 mujeres por día en los 365
del año de estos cristianos, son 6.570 conquistas las de este Hernán
Cortés del género femenino; y contando con que este héroe gaste
solamente desde los 17 años de su edad hasta los 33 en semejantes
hazañas, tenemos que asciende el total de sus prisioneras en los 17
años útiles de su vida a la suma y cantidad de 111.690, salvo yerro de
cuenta; y echando un cálculo prudencial de las que podrá encadenar en
lo restante de su vida con menos osadía que en los años de armas tomar,
añadiendo las que corresponden a los días que hay de pico sobre los 365
de los años regulares en los que ellos llaman bisiestos, puedo decir
que resulta que la suma total llega al pie de 150.000, número pasmoso
de que no puede jactarse ninguna serie entera de emperadores turcos o
persas.
De esto conjeturarás ser muy grande la relajación en las
costumbres; lo es sin duda, pero no total. Aún abundan matronas dignas
de respeto, incapaces de admitir yugo tan duro como ignominioso; y su
ejemplo detiene a otras en la orilla misma del precipicio. Las débiles
aún conservan el conocimiento de su misma flaqueza y profesan respeto a
la fortaleza de las otras. Y desde la inmediación del trono sale un
resplandor de virtud, que alumbra como sol a las buenas y castiga como
rayo a las malas. Hace muchos años que las joyas más preciosas de la
corona son las virtudes de quien las lleva; y la mano ocupada en el
cetro detiene la rienda al vicio, que correría desenfrenado si no le
sujetara fuerza tan invencible.
Sobre los españoles.
Carta III
(...)
De esta relación [en esta carta se hace un resumen de la historia de España]
inferirás
como yo: primero, que esta península no ha gozado una paz que pueda
llamarse tal en cerca de dos mil años, y que por consiguiente es
maravilla que aún tengan hierba los campos y aguas sus fuentes (...);
segundo, que habiendo sido la religión motivo de tantas guerras contra
los descendientes de Tarif, no es mucho que sea objeto de todas sus
acciones; tercero, que la continuación de estar con las armas en la
mano les haya hecho mirar con desprecio el comercio e industria
mecánica; cuarto, que de esto mismo nazca lo mucho que cada noble en
España se envanece de su nobleza; quinto, que los muchos caudales
adquiridos rápidamente en las Indias distraen a muchos de cultivar las
artes mecánicas en la península y de aumentar su población.
Carta XII
En Marruecos no tenemos idea de lo que por acá se llama nobleza
hereditaria, con que no me entenderías si te dijera que en España no
sólo hay familias nobles, sino provincias que lo son por heredad. Yo
mismo que lo estoy presenciando no lo comprendo. Te pondré un ejemplo
práctico, y lo entenderás menos, como sucede; y si no, lee:
Pocos días ha, pregunté si estaba el coche pronto, pues mi amigo Nuño
estaba malo y yo quería visitarle. Me dijeron que no. Al cabo de media
hora, hice igual pregunta, y hallé igual respuesta. Pasada otra media,
pregunté, y me respondieron lo propio, y de allí a poco me dijeron que
el coche estaba puesto, pero que el cochero estaba ocupado. Indagué la
ocupación al bajar las escaleras, y él mismo me desengañó, saliéndome
al encuentro y diciéndome: -Aunque soy cochero, soy noble. Han venido
unos vasallos míos y me han querido besar la mano para llevar este
consuelo a sus casas; con que por eso me he detenido, pero ya despaché.
¿Adónde vamos? Y al decir esto, montó en la mula y arrimó el coche.
Carta XXI
(...) Si el carácter español, en general, se compone de religión, valor
y amor a su soberano por una parte, y por otra de vanidad, desprecio a
la industria (que los extranjeros llaman pereza) y demasiada propensión
al amor; si este conjunto de buenas y malas calidades componían el
corazón nacional de los españoles cinco siglos ha, el mismo compone el
de los actuales. Por cada petimetre que se vea mudar de moda siempre
que se lo manda su peluquero, habrá cien mil españoles que no han
reformado un ápice en su traje antiguo. Por cada español que oigas algo
tibio en la fe, habrá un millón que sacará la espada si oye hablar de
tales materias. Por cada uno que se emplee en un arte mecánica, habrá
un sinnúmero que están prontos a cerrar sus tiendas para ir a las
Asturias o a sus Montañas en busca de una ejecutoria. En medio de esta
decadencia aparente del carácter nacional, se descubren de cuando en
cuando ciertas señales de antiguo espíritu; ni puede ser de otro modo:
querer que una nación se quede con solas sus propias virtudes y se
despoje de sus defectos propios para adquirir en su lugar las virtudes
de las extrañas, es fingir otra república como la de Platón. Cada
nación es como cada hombre, que tiene sus buenas y malas propiedades
peculiares a su alma y cuerpo. Es muy justo trabajar a disminuir éstas
y aumentar aquéllas; pero es imposible aniquilar lo que es parte de su
constitución. El proverbio que dice «Genio y figura hasta la
sepultura», sin duda se entiende de los hombres; mucho más de las
naciones, que no son otra cosa más que una junta de hombres, en cuyo
número se ven las cualidades de cada individuo. No obstante, soy de
parecer que se deben distinguir las verdaderas prendas nacionales de
las que no lo son sino por abuso o preocupación de algunos, a quienes
guía la ignorancia o pereza. Ejemplares de esto abundan, y su examen me
ha hecho ver con mucha frialdad cosas que otros paisanos míos no saben
mirar sin enardecerse. Daréte algún ejemplo de los muchos que pudiera.
Oigo hablar con cariño y con respeto de cierto traje muy incómodo que
llaman a la española antigua. El cuento es que el tal no es a la
española antigua, ni a la moderna, sino un traje totalmente extranjero
para España, pues fue traído por la Casa de Austria. El cuello está muy
sujeto y casi en prensa; los muslos, apretados; la cintura, ceñida y
cargada con una larga espada y otra más corta; el vientre, descubierto
por la hechura de la chupilla; los hombros, sin resguardo; la cabeza,
sin abrigo; y todo esto, que no es bueno, ni español, es celebrado
generalmente porque dicen que es español y bueno; y en tanto grado
aplaudido, que una comedia cuyos personales se vistan de este modo
tendrá, por mala que sea, más entradas que otra alguna, por bien
compuesta que esté, si le falta este ornamento.
(...)
Del mismo modo, cuando se trató de introducir en nuestro ejército las
maniobras, evoluciones, fuegos y régimen mecánico de la disciplina
prusiana, gritaron algunos de nuestros inválidos, diciendo que esto era
un agravio manifiesto al ejército español; que sin el paso oblicuo,
regular, corto y redoblado habían puesto a Felipe V en su trono, a
Carlos en el de Nápoles, y a su hermano en el dominio de Parma; que sin
oficiales introducidos en las divisiones habían tomado a Orán y
defendido a Cartagena; que todo esto habían hecho y estaban prontos a
hacer con su antigua disciplina española; y que así, parecía tiranía
cuando menos el quitársela. Pero has de saber que la tal disciplina ni
era española, pues al principio del siglo no había quedado ya memoria
de la famosa y verdaderamente sabia disciplina que hizo florecer los
ejércitos españoles en Flandes e Italia en tiempo de Carlos V y Felipe
II, y mucho menos la invencible del Gran Capitán en Nápoles; sino otra
igualmente extranjera que la prusiana, pues era la francesa, con la
cual fue entonces preciso uniformar nuestras tropas a las de Francia,
no sólo porque convenía que los aliados maniobrasen del mismo modo,
sino porque los ejércitos de Luis XIV eran la norma de todos los de
Europa en aquel tiempo, como los de Federico lo son en los nuestros.
¿Sabes la triste consecuencia que se saca de todo esto? No es otra sino
que el patriotismo mal entendido, en lugar de ser una virtud, viene a
ser un defecto ridículo y muchas veces perjudicial a la misma patria.
Sí, Ben-Beley, tan poca cosa es el entendimiento humano que si quiere
ser un poco eficaz, muda la naturaleza de las cosas de buenas en malas,
por buena que sea. La economía muy extremada es avaricia; la prudencia
sobrada, cobardía; y el valor precipitado, temeridad.
Dichoso tú que, separado del bullicio del mundo, empleas tu tiempo en
inocentes ocupaciones y no tienes que sufrir tanto delirio, vicio y
flaqueza como abunda entre los hombres, sin que apenas pueda el sabio
distinguir cuál es vicio y cuál es virtud entre los varios móviles que
los agitan.
Carta XXIV
Uno de los motivos de la decadencia de las artes de España es, sin
duda, la repugnancia que tiene todo hijo a seguir la carrera de sus
padres. En Londres, por ejemplo, hay tienda de zapatero que ha ido
pasando de padres a hijos por cinco o seis generaciones, aumentándose
el caudal de cada poseedor sobre el que dejó su padre, hasta tener
casas de campo y haciendas considerables en las provincias, gobernados
estos estados por el mismo desde el banquillo en que preside a los
mozos de zapatería en la capital. Pero en este país cada padre quiere
colocar a su hijo más alto, y si no, el hijo tiene buen cuidado de
dejar a su padre más abajo; con cuyo método ninguna familia se fija en
gremio alguno determinado de los que contribuyen al bien de la
república por la industria y comercio o labranza, procurando todos con
increíble anhelo colocarse por éste o por el otro medio en la clase de
los nobles, menoscabando a la república en lo que producirían si
trabajaran. (...)
Sobre la España del XVIII.
Carta IV
(...)
La decadencia
de tu patria en este siglo es capaz de demostración
con todo el rigor geométrico. ¿Hablas de población?
Tienes diez millones escasos de almas, mitad del número
de vasallos españoles que contaba Fernando el Católico.
Esta disminución es evidente. Veo algunas pocas casas
nuevas en Madrid y tal cual ciudad grande; pero sal por esas
provincias y verás a lo menos dos terceras partes
de casas caídas, sin esperanza de que una sola pueda
algún día levantarse. Ciudad tienes en España
que contó algún día quince mil familias,
reducidas hoy a ochocientas. ¿Hablas de ciencias? En el siglo
antepasado tu nación era la más docta de Europa,
como la francesa en el pasado y la inglesa en el actual;
pero hoy, del otro lado de los Pirineos, apenas se conocen
los sabios que así se llaman por acá. ¿Hablas
de agricultura? Ésta siempre sigue la proporción
de la población. Infórmate de los ancianos
del pueblo, y oirás lástimas. ¿Hablas de manufacturas?
¿Qué se han hecho las antiguas de Córdoba,
Segovia y otras? Fueron famosas en el mundo, y ahora las
que las han reemplazado están muy lejos de igualarlas
en fama y mérito: se hallan muy en sus principios
respecto a las de Francia e Inglaterra».
Sobre la educación de la juventud.
Carta VII
(...)
Mi natural sinceridad me llevó a preguntarle cómo le habían educado, y
me respondió: -A mi gusto, al de mi madre y al de mi abuelo, que era un
señor muy anciano que me quería como a las niñas de sus ojos. Murió de
cerca de cien años de edad. Había sido capitán de Lanzas de Carlos II,
en cuyo palacio se había criado. Mi padre bien quería que yo estudiase,
pero tuvo poca vida y autoridad para conseguirlo. Murió sin tener el
gusto de verme escribir. Ya me había buscado un ayo, y la cosa iba de
veras, cuando cierto accidentillo lo descompuso todo.
-¿Cuáles fueron sus primeras lecciones? -preguntéle yo. -Ninguna
-respondió el muchacho-; ya sabía yo leer un romance y tocar unas
seguidillas; ¿para qué necesita más un caballero? Mi dómine bien quiso
meterme en honduras, pero le fue muy mal y hubo de irle mucho peor. El
caso fue que había yo concurrido con otros amigos a un encierro.
Súpolo, y vino tras mí a oponerse a mi voluntad. Llegó precisamente a
tiempo que los vaqueros me andaban enseñando cómo se toma la vara. No
pudo traerle su desgracia a peor ocasión. A la segunda palabra que
quiso hablar, le di un varazo tan fuerte en medio de la cabeza, que se
la abrí en más cascos que una naranja; y gracias a que me contuve,
porque mi primer pensamiento fue ponerle una vara lo mismo que a un
toro de diez años; pero, por primera vez, me contenté con lo dicho.
Todos gritaban: ¡Viva el señorito! Y hasta el tío Gregorio, que es
hombre de pocas palabras, exclamó: -¡Lo ha hecho uzía como un ángel del
cielo!
-¿Quién es ese tío Gregorio? -preguntéle, atónito de que aprobase tal
insolencia; y me respondió: -El tío Gregorio es un carnicero de la
ciudad que suele acompañarnos a comer, fumar y jugar. ¡Poquito le
queremos todos los caballeros de por acá! Con ocasión de irse mi primo
Jaime María a Granada y yo a Sevilla, hubimos de sacar la espada sobre
quién lo había de llevar; y en esto hubiera parado la cosa, si en aquel
tiempo mismo no le hubiera prendido la justicia por no sé qué
puñaladillas que dio en la feria y otras frioleras semejantes, que todo
ello se compuso al mes de cárcel.
Sobre la vida social española.
Carta XI
Las noticias que hemos tenido hasta ahora en Marruecos de la sociedad o
vida social de los españoles nos parecía muy buena, por ser muy
semejante aquélla a la nuestra, y ser natural en un hombre graduar por
esta regla el mérito de los otros. Las mujeres guardadas bajo muchas
llaves, las conversaciones de los hombres entre sí muy reservadas, el
porte muy serio, las concurrencias pocas, y ésas sujetas a una etiqueta
forzosa, y otras costumbres de este tenor no eran tanto efecto de su
clima, religión y gobierno, según quieren algunos, como monumentos de
nuestro antiguo dominio. En ellas se ven permanecer reliquias de
nuestro señorío, aun más que en los edificios que subsisten en Córdoba,
Granada, Toledo y otras partes. Pero la franqueza en el trato de estos
alegres nietos de aquellos graves abuelos han introducido cierta
amistad universal entre todos los ciudadanos de un pueblo, y para los
forasteros cierta hospitalidad tan generosa que, en comparación de la
antigua España, la moderna es una familia común en que son parientes no
sólo todos los españoles, sino todos los hombres.
En lugar de aquellos cumplidos cortos, que se decían las pocas veces
que se hablaban, y eso de paso y sin detenerse, si venían encontrados;
en lugar de aquellas reverencias pausadas y calculadas según a quién,
por quién y delante de quién se hacían; en lugar de aquellas visitas de
ceremonia, que se pagaban con tales y tales motivos; en lugar de todo
esto, ha sobrevenido un torbellino de visitas diarias, continuas
reverencias impracticables a quien no tenga el cuerpo de goznes,
estrechos abrazos y continuas expresiones amistosas tan largas de
recitar, que uno como yo poco acostumbrado a ellas necesita tomar cinco
o seis veces aliento antes de llegar al fin. Bien es verdad que para
evitar este último inconveniente (que lo es hasta para los más
prácticos), se suele tomar el medio término de pronunciar entre dientes
la mitad de estas arengas, no sin mucho peligro de que el sujeto
cumplimentado reciba injurias en vez de lisonjas de parte del
cumplimentador.
Nuño me llevó anoche a una tertulia (así se llaman cierto número de
personas que concurren con frecuencia a una conversación); presentome
el ama de la casa, porque has de saber que los amos no hacen papel en
ellas: -Señora -dijo-, éste es un moro noble, cualidad que basta para
que le admitáis, y honrado, prenda suficiente para que yo le estime.
Desea conocer a España; me ha encargado de procurarle todos los medios
para ello, y lo presento a toda esta asamblea (lo cual dijo mirando por
toda la sala).
La señora me hizo un cumplido de los que acabo de referir, y repitieron
otros iguales los concurrentes de uno y otro sexo. Aquella primera
noche causó un poco de extrañeza mi modo de llevar el traje europeo y
conversación, pero al cabo de otras tres o cuatro noches, lo era yo a
todos tan familiar como cualquiera de ellos mismos. Algunos de los
tertulianos me enviaron a cumplimentar sobre mi llegada a esta corte y
a ofrecerme sus casas. Me hablaron en los paseos y me recibieron sin
susto, cuando fui a cumplir con la obligación de visitarlas. Los
maridos viven naturalmente en barrio distinto de las mujeres, porque en
las casas de éstos no hallé más hombres que los criados y otros como
yo, que iban de visita. Los que encontré en la calle o en la tertulia a
la segunda vez ya eran amigos míos; a la tercera, ya la amistad era
antigua; a la cuarta, ya se había olvidado la fecha; y a la quinta, me
entraba y salía por todas partes sin que me hablase alma viviente, ni
siquiera el portero; el cual, con la gravedad de su bandolera y bastón,
no tenía por conveniente dejar el brasero y garita por tan frívolo
motivo como lo era entrarse un moro por la casa de un cristiano.
(...)
Todo esto sin duda es muy bueno, porque contribuye a hacer al hombre
cada día más sociable. El continuo trato y franqueza descubre
mutuamente los corazones de los unos a los otros; hace que se
comuniquen las especies y se unan las voluntades.
Así se lo estaba yo diciendo a Nuño, cuando noté que oía con mucha
frialdad lo que yo le ponderaba con fervor; pero ¡cuál me sorprendió
cuando le oí lo siguiente!:
«Todas las cosas son buenas por un lado y malas por otro, como las
medallas que tienen derecho y revés. Esta libertad en el trato, que
tanto te hechiza, es como la rosa que tiene las espinas muy cerca del
capullo. Sin aprobar la demasiada rigidez del siglo XVI, no puedo
conceder tantas ventajas a la libertad moderna. ¿Cuentas por nada la
molestia que sufre el que quiere por ejemplo pasearse solo una tarde
por distraerse de algún sentimiento o para reflexionar sobre algo que
le importe? Conveniencia que lograría en lo antiguo sin hablar a los
amigos; y mediante esta franqueza que alabas, se halla rodeado de
importunos que le asaltan con mil insulseces sobre el tiempo que hace,
los coches que hay en el paseo, color de la bata de tal dama, gusto de
librea de tal señor, y otras semejantes. ¿Parécete poca incomodidad la
que padece el que tenía ánimo de encerrarse en su cuarto un día, para
poner en orden sus cosas domésticas, o entregarse a una lectura que le
haga mejor o más sabio? Lo cual también conseguiría en lo antiguo, a no
ser el día de su santo o cumpleaños; y en el método de hoy, se halla
con cinco o seis visitas sucesivas de gentes ociosas que nada le
importan, y que sólo lo hacen por no perder, por falta de ejercitarlo,
el sublime privilegio de entrar y salir por cualquier parte, sin motivo
ni intención. Si queremos alzar un poco el discurso, ¿crees poco
inconveniente, nacido de esta libertad, el que un ministro, con la
cabeza llena de negocios arduos, tenga que exponerse, digámoslo así, a
las especulaciones de veinte desocupados, o tal vez espías, que con
motivo de la mesa franca van a visitarle a la hora de comer, y observar
de qué plato come, de qué vino bebe, con cuál convidado se familiariza,
con cuál habla mucho, con cuál poco, con cuál nada, a quién en secreto,
a quién a voces, a quién pone mala cara, a quién buena, a quién
mediana? Piénsalo, reflexiónalo, y lo verás.
»La falta de etiqueta en el actual trato de las mujeres también me
parece asunto de poca controversia: si no has olvidado la conversación
que tuviste con una señora de no menos juicio que virtud, podrás
inferir que redundaba en honor de su sexo la antigua austeridad del
nuestro, aunque sobrase, como no lo dudo, algo de aquel tesón, de cuyo
extremo nos hemos precipitado rápidamente al otro. (...)».
Sobre el matrimonio.
1. De conveniencia.
Carta XXII
Siempre que las bodas no se forman entre personas de iguales en
haberes, genios y nacimiento, me parece que las cartas en que se
anuncian estas ceremonias a los parientes y amigos de las casas, si
hubiera menos hipocresía en el mundo, se pudieran reducir a estas
palabras: «Con motivo de ser nuestra casa pobre y noble, enviamos
nuestra hija a la de Craso, que es rica y plebeya». «Con motivo de ser
nuestro hijo tonto, mal criado y rico, pedimos para él la mano de N.,
que es discreta, bien criada y pobre»; o bien éstas: «Con motivo de que
es inaguantable la carga de tres hijas en una casa, las enviamos a que
sean amantes y amadas de tres hombres que ni las conocen ni son
conocidos de ellas»; o a otras frases semejantes, salvo empero el
acabar con el acostumbrado cumplido de «para que mereciendo la
aprobación de vuestra merced, no falte circunstancia de gusto a este
tratado», porque es cláusula muy esencial.
2. Impuesto.
Carta LXXV
Al entrar anoche en mi posada, me hallé con una carta cuya copia te
remito. Es de una cristiana a quien apenas conozco. Te parecerá muy
extraño su contenido, que dice así:
«Acabo de cumplir veinticuatro años, y de enterrar a mi último esposo
de seis que he tenido en otros tantos matrimonios, en espacio de
poquísimos años. El primero fue un mozo de poca más edad que la mía,
bella presencia, buen mayorazgo, gran nacimiento, pero ninguna salud.
Había vivido tanto en sus pocos años, que cuando llegó a mis brazos ya
era cadáver. Aún estaban por estrenar muchas galas de mi boda, cuando
tuve que ponerme luto. El segundo fue un viejo que había observado
siempre el más rígido celibatismo; pero heredando por muertes y pleitos
unos bienes copiosos y honoríficos, su abogado le aconsejó que se
casase; su médico hubiera sido de otro dictamen. Murió de allí a poco,
llamándome hija suya, y juro que como a tal me trató desde el primer
día hasta el último. El tercero fue un capitán de granaderos, más
hombre, al parecer, que todos los de su compañía. La boda se hizo por
poderes desde Barcelona; pero picándose con un compañero suyo en la
luneta de la ópera, se fueron a tomar el aire juntos a la explanada y
volvió solo el compañero, quedando mi marido por allá. El cuarto fue un
hombre ilustre y rico, robusto y joven, pero jugador tan de corazón,
que ni aun la noche de la boda durmió conmigo porque la pasó en una
partida de banca. Diome esta primera noche tan mala idea de las otras,
que lo miré siempre como huésped en mi casa, más que como precisa mitad
mía en el nuevo estado. Pagome en la misma moneda, y murió de allí a
poco de resulta de haberle tirado un amigo suyo un candelero a la
cabeza, sobre no sé qué equivocación de poner a la derecha una carta
que había de caer a la izquierda. (...)
»El quinto que me llamó suya era de tan corto entendimiento, que nunca
me habló sino de una prima que él tenía y que quería mucho. La prima se
murió de viruelas a pocos días de mi casamiento, y el primo se fue tras
ella. Mi sexto y último marido fue un sabio. Estos hombres no suelen
ser buenos muebles para maridos. Quiso mi mala suerte que en la noche
de mi casamiento se apareciese una cometa, o especie de cometa. Si
algún fenómeno de éstos ha sido jamás cosa de mal agüero, ninguno lo
fue tanto como éste. Mi esposo calculó que el dormir con su mujer sería
cosa periódica de cada veinticuatro horas, pero que si el cometa
volvía, tardaría tanto en dar la vuelta, que él no le podría observar;
y así, dejó esto por aquello, y se salió al campo a hacer sus
observaciones. La noche era fría, y lo bastante para darle un dolor de
costado, del que murió.
»Todo esto se hubiera remediado si yo me hubiera casado una vez a mi
gusto, en lugar de sujetarlo seis veces al de un padre que cree la
voluntad de la hija una cosa que no debe entrar en cuenta para el
casamiento. La persona que me pretendía es un mozo que me parece muy
igual a mí en todas calidades, y que ha redoblado sus instancias cada
una de las cinco primeras veces que yo he enviudado; pero en obsequio
de sus padres, tuvo que casarse también contra su gusto, el mismo día
que yo contraje matrimonio con mi astrónomo.
»Estimaré al señor Gazel me diga qué uso o costumbre se sigue allá en
su tierra en esto de casarse las hijas de familia, porque aunque he
oído muchas cosas que espantan de lo poco favorable que nos son las
leyes mahometanas, no hallo distinción alguna entre ser esclava de un
marido o de un padre, y más cuando de ser esclava de un padre resulta
el parar en tener marido, como en el caso presente».
Sobre el político.
Carta LXIII
Arreglado a la definición de la voz política y su derivado político,
según la entiende mi amigo Nuño, veo un número de hombres que desean
merecer este nombre. Son tales, que con el mismo tono dicen la verdad y
la mentira; no dan sentido alguno a las palabras Dios, padre, madre,
hijo, hermano, amigo, verdad, obligación, deber, justicia y otras
muchas que miramos con tanto respeto y pronunciamos con tanto cuidado
los que no nos tenemos por dignos de aspirar a tan alto timbre con tan
elevados competidores. Mudan de rostro mil veces más a menudo que de
vestido. Tienen provisión hecha de cumplidos, de enhorabuenas y de
pésame. Poseen gran caudal de voces equívocas; saben mil frases de
mucho boato y ningún sentido. Han adquirido a costa de inmenso trabajo
cantidades innumerables de ceños, sonrisas, carcajadas, lágrimas,
sollozos, suspiros y (para que se vea lo que puede el entendimiento
humano) hasta desmayos y accidentes. Viven sus almas en unos cuerpos
flexibles y manejables que tienen varias docenas de posturas para
hablar, escuchar, admirar, despreciar, aprobar y reprobar,
extendiéndose esta profunda ciencia teórico-práctica desde la acción
más importante hasta el gesto más frívolo. Son, en fin, veletas que
siempre señalan el viento que hace, relojes que notan la hora del sol,
piedras que manifiestan la ley del metal y una especie de índice
general del gran libro de las cortes. ¿Pues cómo estos hombres no hacen
fortuna? Porque gastan su vida en ejercicios inútiles y vagos ensayos
de su ciencia. ¿De dónde viene que no sacan el fruto de su trabajo? Les
falta, dice Nuño, una cosa. ¿Cuál es la cosa que les falta?, pregunto
yo. ¡Friolera!, dice Nuño: no les falta más que entendimiento.
Ejemplo de hombre ilustrado.
Carta LXIX
«Si el cariño de una esposa amable, la hermosura del fruto del
matrimonio, una posesión pingüe y honorífica, una robusta salud y una
biblioteca selecta con que pulir un talento claro por naturaleza,
pueden hacer feliz a un hombre que no conoce la ambición, no hay en el
mundo quien pueda jactarse de serlo más que mi amo, o por mejor decir,
mi padre, pues tal es para todos sus criados. Su niñez se pasó en esta
aldea, su primera juventud en la universidad; luego siguió el ejército;
después vivió en la corte y ahora se ha retirado a este descanso. Esta
variedad de vidas le ha hecho mirar con indiferencia cualquiera especie
de ellas, y aun con odio la mayor parte de todas. Siempre le he seguido
y siempre le seguiré, aun más allá de la sepultura, pues poco podré
vivir después de su muerte. El mérito oculto en el mundo es despreciado
y, si se manifiesta, atrae contra sí la envidia y sus secuaces. ¿Qué ha
de hacer, pues, el hombre que lo tiene? Retirarse a donde pueda ser
útil sin peligro propio. Llamo mérito el conjunto de un buen talento y
buen corazón. De éste usa mi amo en beneficio de sus dependientes.
»Los labradores a quienes arrienda sus campos lo miran como a un ángel
tutelar de sus casas. Jamás entra en ellas sino para llenarlas de
beneficios, y los visita con frecuencia. Los años medianos les perdona
parte del tributo y el total en los malos. No se sabe lo que son
pleitos entre ellos. El padre amenaza al hijo malo con nombrar a su
amo, y halaga al hijo bueno con su nombre. La mitad de su caudal se
emplea en colocar las hijas huérfanas de estos contornos con mozos
honrados y pobres de las mismas aldeas. Ha fundado una escuela en un
lugar inmediato, y suele por su misma mano distribuir un premio cada
sábado al niño que ha empleado mejor la semana. De lejanos países ha
hecho traer instrumentos de agricultura y libros de su uso que él mismo
traduce de extrañas lenguas, repartiendo unos y otros de balde a los
labradores. Todo forastero que pasa por este puesto halla en él la
hospitalidad cual se ejercitaba en Roma en sus más felices tiempos. Una
parte de su casa está destinada para recoger los enfermos de estas
cercanías, en las cuales no se halla proporción de cuidarlos. Ni por
esta tierra suele haber gente vaga: es tal su atractivo, que hace
vasallos industriosos y útiles a los que hubieran sido inútiles, cuando
menos, si hubieran seguido en un ocio acostumbrado. En fin, en los
pocos años que vive aquí, ha mudado este país de semblante. Su ejemplo,
generosidad y discreción ha hecho de un terreno áspero e inculto una
provincia deliciosa y feliz.
»La educación de sus hijos ocupa mucha parte de su tiempo. Diez años
tiene el uno y nueve el otro; los he visto nacer y criarse; cada vez
que los oigo o veo, me encanta tanta virtud e ingenio en tan pocos
años. Éstos sí que heredan de su padre un caudal superior a todos los
bienes de fortuna. En éstos sí que se verifica ser la prole hermosa y
virtuosa el primer premio de un matrimonio perfecto. ¿Qué no se puede
esperar con el tiempo de unos niños que en tan tierna edad manifiestan
una alegría inocente, un estudio voluntario, una inclinación a todo lo
bueno, un respeto filial a sus padres y un porte benigno y decoroso
para con sus criados?
»Mi ama, la digna esposa de mi señor, el honor de su sexo, es una mujer
dotada de singulares prendas. Vamos claros, señor forastero: la mujer
por sí sola es una criatura dócil y flexible. Por más que el desenfreno
de los jóvenes se empeña en pintarla como un dechado de flaqueza, yo
veo lo contrario: veo que es un fiel traslado del hombre con quien
vive. Si una mujer joven, poderosa y con mérito halla en su marido una
pasión de razón de estado, un trato desabrido y un mal concepto de su
sexo en lo restante de los hombres, ¿qué mucho que proceda mal? Mi ama
tiene pocos años, más que mediana hermosura, suma viveza y lo que
llaman mucho mundo. Cuando se desposó con mi amo, halló en su esposo un
hombre amable, juicioso, lleno de virtudes; halló un compañero, un
amante, un maestro; todo en un solo hombre, igual a ella hasta en las
accidentales circunstancias de lo que llaman nacimiento; por todo había
de ser y continuar siendo buena. No es tan mala la naturaleza que pueda
resistirse a tanto ejemplo de bondad. (...)».